OCELOTES


Después de seis meses en una isla de Panamá, el fotógrafo pudo al fin ver con sus propios ojos a los ocelotes salvajes... durante unos seis segundos. Sus cámaras con control remoto tuvieron mejor suerte. Por Chris Carroll; Fotografías de Christian Ziegler
Es el final de la estación seca en Panamá, y la selva está agostada. Sobre una gruesa capa de hojas muertas que cubre el suelo del bosque, el fotógrafo Christian Ziegler permanece inmóvil, escuchando con atención los pitidos del aparato de radioseguimiento que maneja su ayudante. Cerca, quizás a sólo diez metros de distancia, hay un ocelote en plena acción, a juzgar por los constantes cambios de cadencia que registran los pitidos del receptor. Pero pese al manto de hojarasca y al hecho de que este depredador puede alcanzar el tamaño de un perro mediano, Ziegler no logra verlo ni oír sus pisadas. Más tarde comenta, con una mezcla de desencanto y admiración: «En seis meses probablemente los he visto con mis propios ojos sólo seis veces, y por lo general apenas una fracción de segundo antes de que se esfumaran». El sigilo que caracteriza a esta especie (Leopardus pardalis) y el denso bosque en el que suele vivir –su área de distribución abarca las dos Américas, desde el sur de la cuenca del Amazonas hasta el valle del río Grande, en Texas– dificultan la tarea de los científicos que intentan estudiar a los ocelotes en la naturaleza. «No puedes sentarte en el Land Rover con unos prismáticos como si mirases un león en la sabana», dice Roland Kays, del Museo Estatal de Nueva York, que estudia las interacciones entre los ocelotes de la isla panameña de Barro Colorado y la presa favorita del felino: un roedor de tres kilos de peso llamado agutí.


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