LOS PROBLEMAS DE LA POSTURA ERGUIDA


Dolores de espalda, deformaciones óseas y partos complicados son parte del precio que los seres humanos pagamos por haber adoptado en nuestro camino evolutivo el bipedalismo. Por Jennifer Ackerman; Fotografías de Cary Wolinsky
Los seres humanos somos unas criaturas extrañas: bípedos sin cola, con sinuosas espinas dorsales, extremidades largas, pies arqueados, manos ágiles y cerebros enormes. Nuestros cuerpos son un mosaico de rasgos modelados por la selección natural a lo largo de vastos períodos de tiempo, a la vez exquisitamente capaces y profundamente defectuosos. Podemos ponernos de pie, caminar y correr con gracia y resistencia, pero sufrimos dolores de pies y lesiones de rodilla; podemos rotar y doblar la columna, pero la mayoría padecemos problemas de espalda en algún momento de nuestra vida; podemos parir bebés con grandes cerebros, pero con dolor y con riesgos. Desde hace tiempo los científicos intentan responder a la pregunta de cómo han llegado nuestros cuerpos a ser como son. Ahora, sirviéndose de nuevos métodos de una amplia variedad de disciplinas, están descubriendo que muchos de los fallos de nuestro «diseño» tienen algo en común: derivan principalmente de las concesiones evolutivas hechas por nuestros ancestros cuando adoptaron la postura erguida, dando el primer paso en el largo camino para convertirse en seres humanos. En el laboratorio de Karen Rosenberg –una sala repleta de moldes de cráneos y huesos de chimpancés, gibones y otros primates– hay un molde que destaca sobre los demás: una réplica del esqueleto pélvico de una mujer, montado sobre una plataforma. También hay un cráneo de bebé, unido a un cable duro pero flexible. La idea consiste en simular un parto humano, dirigiendo la cabeza fetal a través de la pelvis.


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