HIP HOP


Ya sea en el South Bronx de Nueva York o en las aldeas de África occidental, el hip-hop se ha convertido en la voz de toda una generación que pide ser escuchada. El género, cuyas raíces se hunden en los ritmos tradicionales africanos, ha revolucionado el mercado mundial de la música. Por James McBride; Fotografías de David Alan Harvey
Esta es mi pesadilla: Mi hija llega a casa con un chico y dice, «Papá, nos vamos a casar». Él es un rapero, con una ristra de dientes de oro en la boca, pañuelo en la cabeza, músculos prominentes en los brazos y actitud de matón. Y luego la pesadilla empeora, porque, casi sin darme cuenta, oigo en mi imaginación el golpeteo de unos pequeños pies, los de sus retoños, inundando mi salón, inundando mi vida, ahogándome con el estruendo de mi propia hipocresía, porque de joven yo también era un cabeza hueca, escuchando mi propia música, mis propios sonidos. Maldigo el día en que vi su cara, reflejo de la mía propia, y reniego del día en que oí su nombre, pues comprobé horrorizado que el rap (una música aparentemente sin melodía, sensibilidad, instrumentos, rimas o armonía, una música que no tiene principio, desarrollo ni final, una música que no parece ni música) gobierna el mundo. Éste ya no es mi mundo; es el suyo. Y yo vivo en él. Vivo en el planeta hip-hop. Recuerdo la primera vez que escuché rap. Fue durante una fiesta en Harlem. Corría el año 1980. Estaba en la cocina y mi amigo Bill acababa de pegar a un tipo, un perfecto desconocido. Era una mole con pañuelo en la cabeza que se había colado en la fiesta con tres amigos, y, a juzgar por sus caras, no parecía que la escena fuera a desarrollarse en la línea dialogante de Martin Luther King.


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