HIENAS


Detrás de sus enigmáticos gruñidos se esconde un cazador eficaz, un carroñero oportunista –importante para la salud del ecosistema– y un progenitor abnegado cuya mala reputación es inmerecida. Por Chris Carroll; Fotografías de Anup y Manoj Shah
Kilómetro tras kilómetro, la persecución continúa. La gacela se cansa, pero no las hienas manchadas, que van tras ella sin darle tregua. En un tremendo sprint final, las depredadoras se abaten sobre la endeble presa, la derriban y la destripan. Un rugido resuena entonces a través de la sabana del África oriental. Las hienas huyen mientras un león macho se adueña del botín. Las contrariadas cazadoras se quedan mirando a hurtadillas con el estómago vacío. Las hienas tienen una inmerecida reputación de ladronas y carroñeras que aprovechan los despojos de los depredadores más grandes. «Pero es mucho más frecuente que los leones roben las piezas cobradas por las hienas», afirma Kay Holekamp, de la Universidad del Estado de Michigan. Sin embargo, se lamenta el biólogo, siguen apareciendo como «rateras estúpidas y sarnosas». ¿Por qué hacemos una mueca de disgusto al verlas? Con un pelaje desigual y proporciones extrañas, quizá no satisfacen nuestros cánones de belleza animal. «Nuestra obsesión por el aspecto físico no tiene en cuenta la excelente adaptación de sus cuerpos y cerebros al ecosistema», opina Anup Shah, que junto a su hermano Manoj ha fotografiado hienas en Kenya, su país, y en Tanzania. Entre los africanos suscitan burlas y miedo; lo primero porque los genitales de las hembras se parecen a los de los machos, lo que ha dado pie al mito de que son hermafroditas, y lo segundo por su vinculación con la muerte.


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