GLADIADORES


Eran los ídolos de la antigua Roma. El cine ha recreado a estos personajes como héroes legendarios. Pero en realidad eran esclavos, criminales, prisioneros privados de cualquier derecho que luchaban por su vida en las arenas para satisfacer al público. Nuevas investigaciones nos permiten hoy comprender mejor cómo vivían –y morían– los gladiadores. Por Emanuel Eckardt
Es larga la sombra del Coliseo. El mítico edificio de la Antigüedad clásica se recorta alto contra el cielo: un monumento de arcilla, travertino, toba, ladrillos y mármol; un patrimonio cultural inamovible, después de un milenio y medio de saqueos y destrucción, de ser utilizado como cantera para la construcción de iglesias y palacios, de recibir rayos y de padecer terremotos. Esa maravilla de la arquitectura, que recibe anualmente millones de visitantes, era la arena de la muerte. Hace un día espléndido en la Roma imperial. Los primeros espectadores se apresuran a entrar en el Coliseo. El programa promete: venationes (combates entre animales o entre hombres y animales), varias ejecuciones de condenados a muerte y, por último, los gladiadores. Una vez más, uno de los platos fuertes será la lucha entre el retiarius y el secutor. El primero de ellos combate casi desnudo, cubierto únicamente con el perizoma (una ancha faja sobre la zona lumbar), sin casco, escudo ni espinilleras, y con una red y un tridente como únicas armas; el segundo va bien armado, protegido con casco y coraza. Las reglas son claras: no puede haber empate. Todos los combates tienen un ganador y un perdedor, y la suerte del último la decide el pueblo de Roma. Si el pueblo lo quiere, morirá.


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