GENIOS ANIMALES DE LA ARQUITECTURA


Según los últimos estudios, en el mundo animal existen “genios” individuales, auténticos innovadores cuyas ideas aumentan sus posibilidades de supervivencia y, por extensión, las de su especie. Los nidos de aves e insectos ofrecen un catálogo casi ilimitado de este tipo de ocurrencias, que otorgan ventajas decisivas en el implacable juego de la evolución.
Texto: Uta Henschel Un buen día, Imo descubrió el modo de lavar la comida. Varios biólogos habían repartido la ración habitual de batatas entre la comunidad de macacos japoneses o de cara roja (Macaca fuscata) que vivía libremente en la isla de Koshima, y los primates devoraron con avidez los manjares. Sólo Imo, una hembra de 18 meses de edad, se tomó su tiempo: cogió los tubérculos, los llevó a la orilla de un arroyo cercano y los sumergió en el agua antes de comerlos. Poco después, casi todos los miembros del grupo imitaron su comportamiento. Esto ocurrió en 1953. Tres años más tarde, Imo –posiblemente, la inventora más famosa del reino animal– tuvo otra idea. En lugar de coger una a una las semillas de trigo que estaban esparcidas por el suelo, agarró un puñado entero y lo arrojó al agua. Toda la arena y las piedrecitas cayeron al fondo, mientras que los granos del cereal se quedaron flotando en la superficie, al alcance de la mano.

Un velo de seda oculta la prole de arañas cazadoras pertenecientes a la familia de los saltícidos. Pese a que Imo no es ni mucho menos un caso único, la ciencia no había prestado demasiada atención al hecho de que algunas habilidades animales pudieran haber sido inventadas por un “genio” individual en el seno de la comunidad. Sólo hace pocos años que tales innovaciones son objeto de observaciones sistemáticas. Los chimpancés, por ejemplo, consiguen abrir nueces colocándolas sobre piedras y golpeándolas con ramas; los lemures han aprendido a saciar la sed sumergiendo sus largas colas en el agua para luego lamerlas; y las garcitas azuladas (Butorides striatus) ponen en práctica un peculiar método para atraer a los peces: tiran al agua insectos, hojas o ramitas como reclamo. En este capítulo de “lumbreras” también cabe citar a las ratas, que han conquistado las copas de los pinos carrascos de Israel, tras aprender a servirse de sus dientes para abrir las piñas y llegar a las nutritivas semillas. Sin duda, las mentes animales son más flexibles de lo que se ha pensado durante largo tiempo. Pero, ¿con qué frecuencia se producen estas originales desviaciones de la norma? ¿Todas las especies son igual de creativas? Y de haber diferencias, ¿el porcentaje de innovación de una especie nos brinda información sobre la posibilidad de que sus miembros sean más inteligentes que los de otra? Si este fuera el caso, si los animales pudieran transformar activamente su entorno, dejarían de ser meras marionetas darwinianas: no estarían obligados a adaptarse a condiciones ya existentes, pues tendrían la capacidad de participar en la formación de su mundo y mitigar la presión de la selección natural.

Las prinias ahumadas (Prinia socialis) son pequeñas aves insectívoras que ocultan su hogar bajo un techo de hojas.Así se pueden resumir los argumentos de Simon Reader –de la Universidad de Utrecht (Holanda)–, Kevin Laland –de la Universidad Saint Andrews (Reino Unido)– y Louis Lefebvre –de la Universidad McGill, en Montreal (Canadá)–, que eligieron un camino poco usual para corroborar sus hipótesis. Por la vía normal, reunir los datos que precisaban habría requerido decenios de trabajo de campo y enormes cantidades de dinero. Sólo tenían, pues, una opción: rastrear la totalidad de las publicaciones científicas de sus colegas con la esperanza de encontrar pistas. Y lo consiguieron: en 2.000 textos de primatología, Reader y Laland detectaron 533 descripciones de monos ingeniosos. Los dos británicos no hicieron más que seguir el ejemplo de Louis Lefebvre, quien poco antes había analizado un total de 11.400 publicaciones ornitológicas. Lefebvre descubrió nada menos que 2.200 ejemplos de aves innovadoras, despertando por primera vez un amplio interés en la comunidad científica.


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