EL AUGE DEL BUDISMO


Desde San Francisco hasta Tokyo, el budismo está viviendo un renacimiento mundial. Sus métodos para serenar la mente y hallar la iluminación están ganando seguidores en Occidente. Por Perry Garfinkel; Fotografías de Steve McCurry
El hombre que más me ha enseñado de budismo no era un monje con la cabeza rapada. No hablaba sánscrito, ni vivía en un monasterio del Himalaya. De hecho, ni siquiera era budista. Fue Carl Taylor. Llevaba toda la vida en San Francisco y aparentaba algo menos de 50 años. Aquel día, sentado en una cama que habían sacado al jardín de la unidad de cuidados paliativos del Hospital Laguna Honda, parecía tener frío. Era una apacible tarde de verano, pero en esta ciudad incluso esas tardes puede hacer un frío que cala los huesos. Carl se estaba muriendo de cáncer. Yo estaba pasando una semana con el Zen Hospice Project, una organización budista cuyos voluntarios colaboran con la unidad de cuidados paliativos del hospital, que cuenta con 25 camas. El proyecto, hoy imitado en todo el mundo, utiliza dos conceptos esenciales del budismo (la conciencia del presente y la compasión por los otros o empatía) como instrumentos para aportar cierto grado de dignidad y humanidad a quienes se encuentran en las últimas fases de su vida. No son lecciones fáciles de aprender. Me senté junto a Carl y lo ayudé a acomodar la cazadora raída que usaba a modo de manta. Llevaba con resignado coraje su diagnóstico de enfermo terminal. Intenté hablar de cosas intrascendentes, pero no tuve ningún éxito. ¿Qué solaz puedes ofrecer a alguien que sabe perfectamente que le queda muy poco tiempo de vida?

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