DUBAI


El jeque Mohammed bin Rashid al-Maktoum ha dirigido la transformación de su reino. Dubai ha pasado de ser una aldea pesquera a un puerto franco y capital mundial de la ostentación. Por Afshin Molavi; Fotografías de Maggie Steber
Había una vez un jeque que tenía sueños de grandeza. Su reino, a orillas del golfo Pérsico, era un pueblo somnoliento y caluroso habitado por buscadores de perlas, pescadores y comerciantes que atracaban sus destartalados dhows y barcos pesqueros a lo largo de un angosto río que serpenteaba a través de la ciudad. Pero donde otros veían un arroyo de aguas salobres, aquel jeque, Rashid bin Said al-Maktoum, veía un canal abierto al mundo. Cierto día de 1959, el jeque recibió un préstamo de muchos millones de dólares de Kuwait, su rico vecino petrolero, para dragar el río y hacerlo navegable. Construyó muelles y almacenes y planificó carreteras, escuelas y viviendas. Algunos creyeron que estaba loco, otros, que se equivocaba, pero el jeque Rashid creía en el poder de los nuevos comienzos. A veces, al amanecer, paseaba con su joven hijo Mohammed por el vacío frente marítimo y dibujaba su sueño en el aire con palabras y gestos. Y al final, todo se materializó como él había predicho. Edificó, y todos acudieron. Su hijo, el jeque Mohammed bin Rashid al-Maktoum, gobierna actualmente Dubai, y alrededor de ese río ha construido sus propios sueños, transformando la visión de su padre en un mundo de fantasía rebosante de luces, climatización y rascacielos en el que reside un millón de personas.


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