DIAMANTES


Comercializadas a través de redes en las que impera el secretismo, estas piedras preciosas llevan a veces implícito un elevado coste en sufrimiento humano. Por Andrew Cockburn; fotografías de Cary Wolinsky
En una pequeña vivienda de un callejón enfangado de Saurimo, una remota localidad del nordeste de Angola, Tony Cabengele desdobló un trozo de papel y colocó sobre la mesa una piedra pequeña, cuadrangular, de un color blanco enturbiado. «Permítame explicarle algo sobre los diamantes –me dijo muy serio, deshaciendo otros envoltorios con más piedras, que amontonó en una diminuta pirámide–. Son una caja de sorpresas.» Nacido en la vecina República Democrática del Congo 32 años atrás, francófono, Cabengele se había desplazado a Saurimo para probar suerte como comerciante en los ricos yacimientos diamantíferos angoleños. Hay lugares más seguros donde hacer negocios. Saurimo, capital de la provincia angoleña de Lunda Sul, está en una zona disputada por el gobierno y los guerrilleros de Unita. La víspera de mi visita, soldados borrachos habían celebrado el día de la independencia de Angola disparando y lanzando granadas por toda la ciudad. Cuando llegué a su casa, Cabengele llevaba la cabeza vendada, aunque era porque su airada mujer le había golpeado con una lámpara de gas por haber regresado tarde de los festejos.

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