CELULAS MADRES


Algún día las células madre embrionarias podrían ayudar a vencer enfermedades que hoy son incurables, desde la parálisis hasta la diabetes. Su enorme potencial puede suponer el inicio de una nueva era en la medicina. Pero la ciencia debe contender con la política antes de que esa esperanza pueda hacerse realidad. Por Rick Weiss; Fotografías de Max Aguilera-Hellweg
En el principio, una célula se convierte en dos, y esas dos, en cuatro, que se multiplican a su vez hasta formar una bola de células, una maravillosa esfera de potencial humano. Los científicos sueñan con extraer esas células de un incipiente embrión humano e inducirlas a realizar, en el aislamiento de un laboratorio, el milagro cotidiano que obran en el vientre materno: su transformación en los aproximadamente 200 tipos de células que constituyen el organismo humano. Células hepáticas. Neuronas. Piel, huesos y tejido nervioso. El sueño es iniciar una revolución médica que permita reparar órganos y tejidos enfermos, no ya con dispositivos mecánicos, como bombas de insulina o articulaciones de titanio, sino con recambios vivos, cultivados específicamente para cada paciente. Sería el amanecer de una nueva era de la medicina regenerativa, uno de los santos griales de la biología moderna. Pero las revoluciones siempre son agitadas. Cuando en noviembre de 1998 el equipo de James Thomson, de la Universidad de Wisconsin en Madison, anunció que había logrado extraer células madre (o células troncales) de embriones humanos sobrantes de clínicas de fertilidad, y había establecido la primera línea de células madre embrionarias del mundo, todo empezó a desorbitarse. Era el tipo de descubrimiento que habría fructificado en un gran proyecto federal de investigación. En cambio, el descubrimiento quedó rápidamente envuelto en las turbulentas aguas de la religión y la política.


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